Hay una conversación que se repite en Barcelona con una puntualidad casi litúrgica: ¿qué significa ser catalán hoy? Y cada vez que alguien intenta responderla, aparecen tres o cuatro voces dispuestas a complicarla todavía más.
Bien. Compliquémosla.
Durante décadas hemos confundido identidad con origen. Como si la catalanidad fuera un gen recesivo que o te toca o no te toca. Como si dependiera del apellido de tu abuelo o del pueblo donde naciste. Esa idea, cómoda y tranquilizadora para quien la cumple, lleva años haciendo un daño silencioso: excluye a quienes han construido aquí su vida entera y abraza sin condiciones a quienes se fueron sin mirar atrás.
La identidad no es un archivo notarial. Es una práctica cotidiana, incómoda a veces, siempre activa.
Barcelona es hoy una ciudad donde conviven más de 180 nacionalidades. Eso no es un problema de gestión urbanística. Es una realidad cultural que o se integra con criterio o se deja pudrir en la queja nostálgica. Y Catalunya, con toda su historia de resistencia y su capacidad para sobrevivir a lo que le han echado encima, tiene recursos más que suficientes para hacerlo bien. Si quiere.
El problema no es la diversidad. El problema es que una parte de la sociedad catalana sigue esperando que la identidad le sea reconocida desde fuera, en lugar de ejercerla desde dentro. Se pide respeto por la lengua, pero se abandona en conversaciones incómodas. Se reivindica la cultura, pero se llena el carro de productos globales y se cierra la librería del barrio. Se habla de país, pero se vota con el bolsillo.
Esto no es un reproche moral. Es una descripción de la tensión real que existe entre el discurso identitario y la práctica cotidiana. Una tensión que, por cierto, no es exclusiva de Catalunya. Pero que aquí, donde la identidad lleva tanto tiempo siendo campo de batalla política, resulta especialmente costosa de ignorar.
Quien elige quedarse, aprender la lengua y pagar impuestos aquí merece ser tratado como lo que es: parte de esto. Sin asteriscos.
Lo que sí es genuinamente catalán —y vale la pena defenderlo con uñas y dientes— es la capacidad de crear comunidad desde la diferencia. Los barrios de esta ciudad llevan generaciones haciéndolo: gente que llegó sin nada y construyó algo. Eso no debería convertirse en un mérito del pasado que se cita en discursos. Debería ser el modelo del presente.
La catalanidad no necesita guardianes. Necesita practicantes. Gente dispuesta a hablar catalán aunque el otro le responda en castellano. A votar en las fiestas de barrio aunque no salga su candidato. A defender una librería independiente con la misma energía con la que defiende una selección deportiva.
Mientras sigamos esperando que la identidad nos la validen otros —Madrid, Bruselas, el vecino de enfrente— seguiremos perdiendo el tiempo en debates que no llevan a ningún sitio. La catalanidad, como cualquier identidad viva, se construye cada día o se deja morir de inanición.
La elección, como siempre, es nuestra.
