El Pabellón Imperial Japonés abrió sus puertas en la Gran Vía barcelonesa el 7 de octubre de 1881 y se convirtió en el primer gran escaparate del arte nipón en la ciudad.
El 7 de octubre de 1881 abrió en la Gran Vía de Barcelona el Pabellón Imperial Japonés, después de que un fuerte aguacero obligara a retrasar la inauguración prevista para finales de septiembre. Según recoge El Debate, el edificio efímero ocupaba un solar entre la Rambla de Cataluña y el Paseo de Gracia, en el mismo lugar donde hoy se alzan el hotel Avenida Palace y el Palacio Marcet.
El impulsor de la iniciativa fue Carles Maristany, un joven de familia acomodada que, tras heredar una cuantiosa fortuna, viajó al Lejano Oriente. Estuvo en Japón entre 1880 y comienzos de 1881, y a su vuelta fundó con los escenógrafos Fèlix Urgellés y Miquel Moragas la sociedad La Imperial Japonesa, constituida el 16 de junio de 1881.
La sociedad quería instalar el pabellón en la plaza de Cataluña, pero el arquitecto municipal Antoni Rovira i Trias denegó esa ubicación. Las quejas por la proliferación de carpas, teatros y construcciones provisionales en la plaza pesaron en la decisión. El Ayuntamiento autorizó entonces el solar de la Gran Vía, con la condición de guardar cinco metros de distancia con el Paseo de Gracia y catorce metros con la Rambla de Cataluña.
La estructura estaba pensada para desmontarse y viajar después a Madrid o a Valencia. Abría cada día de cuatro de la tarde a diez de la noche y la entrada costaba una peseta, un precio elevado para la época. La prensa de entonces destacó la fachada y las salas interiores, donde se exponían enseres, grabados y objetos cotidianos de la sociedad japonesa.
El pabellón fue la expresión arquitectónica más visible de una afición que ya se notaba en el comercio de la ciudad. En 1878, el Pasaje del Crédito se convirtió en el centro del mercado de arte oriental, con tiendas como El Mikado, en la Bajada de San Miguel, o los Almacenes de artículos de Japón de Santiago Gisbert, en la calle de la Lleona.
La moda llegó también a los talleres y a los cafés. El ebanista Francesc Vidal instaló su tienda de muebles en el pasaje y, en 1884, se trasladó a un edificio proyectado por Josep Vilaseca en la confluencia de las calles Diputación y Bailén. Cerca estaba el taller de los hermanos Masriera, y el gusto por lo oriental se extendió a la élite intelectual que frecuentaba el Ateneo y el café Els Quatre Gats.
En la arquitectura, Vilaseca llevó esa fascinación a la fachada de la Casa Bruno Cuadros, en la Rambla, que reformó en 1883. Conocida como la Casa de los Paraguas, el edificio se cubrió de sombrillas, abanicos, celosías de madera, forja, vidrios de colores y un dragón de hierro en el chaflán.
Antonio Gaudí interpretó esa influencia de forma más orgánica en sus primeros proyectos, inspirándose en los grabados ukiyo-e y en la manera en que la cultura japonesa observa la naturaleza.



