Cada año, con la misma precisión con la que suben las temperaturas, aparece el ritual colectivo de quejarse del verano. Demasiado turistas, demasiado calor, demasiado ruido, demasiado todo. Y sin embargo, cada año, volvemos. A la misma cala, al mismo chiringuito, al mismo pueblo de la Garrotxa donde el abuelo tenía una casa que ahora es de un fondo de inversión.
El verano en Catalunya tiene algo que resiste a la racionalidad. No es solo el clima, aunque el clima ayuda. Es una forma de detener el tiempo que, en un país que lleva décadas corriendo hacia algún sitio sin terminar de llegar, tiene un valor que no se cotiza en bolsa pero se nota en los cuerpos.
Tendemos a recordar los veranos de la infancia como algo que ya no existe. Las tardes eternas en la playa, el olor a crema solar y a salitre, los helados que se derretían antes de llegar a la boca. Todo aquello era real, claro. Pero también éramos niños, y los niños tienen una relación con el tiempo que los adultos hemos perdido sin darnos apenas cuenta.
El verano no ha empeorado. Hemos cambiado nosotros.
Lo que sí ha cambiado, y aquí no vale la nostalgia, es el territorio. La Costa Brava de los años setenta y la de hoy son dos lugares distintos que comparten coordenadas geográficas. Los pueblos del interior que antes sobrevivían con cuatro familias y una fiesta mayor ahora se llenan de gente en agosto y se vacían en septiembre con una violencia que parte el alma. El Delta de l’Ebre resiste como puede. El Pirineo lleva décadas negociando entre la nieve artificial y la autenticidad.
Esto no es inevitable. Es el resultado de decisiones concretas tomadas por personas concretas durante décadas. Y se puede hacer de otra manera.
El verano en Catalunya es, entre otras cosas, un espejo. Muestra con claridad lo que el resto del año se disimula bajo capas de rutina y normalidad.
Muestra que Barcelona expulsa a sus vecinos hacia la periferia mientras llena los pisos del centro de turistas que pagan por una experiencia que los propios barceloneses ya no pueden permitirse. Muestra que hay dos Catalunyas: la que sale en las fotos de Instagram y la que vive de temporada en temporada sin red de seguridad. Muestra que la lengua, en verano, retrocede con una facilidad que desanima a los más optimistas.
Pero también muestra otras cosas. Que la gente aquí sabe vivir cuando se lo permite. Que una tarde en la Barceloneta, con todo lo que tiene de caótica y ruidosa, sigue siendo una de las experiencias urbanas más democráticas de Europa. Que los mercados de verano, las verbenas, las castañadas anticipadas y las fiestas mayores de pueblo son una forma de cohesión social que no necesita subvención ni campaña de comunicación para funcionar.
No vamos a resolver aquí el debate sobre el turismo. Llevan años sin resolverlo quienes cobran por intentarlo.
Lo que sí conviene decir es que el turismo de masas y la identidad territorial son difícilmente compatibles a largo plazo. No porque los turistas sean malos, que en general no lo son. Sino porque la lógica del volumen acaba con todo aquello que hacía que un lugar valiera la pena visitar en primer lugar. Es una paradoja conocida y, al parecer, irresistible.
Catalunya tiene suficiente territorio, suficiente cultura y suficiente sentido común colectivo para hacer las cosas de otra manera. El problema es que hacer las cosas de otra manera requiere renunciar a ingresos a corto plazo. Y eso, políticamente, cuesta lo que cuesta.
A pesar de todo, el verano en Catalunya funciona. La gente va al mar. Sube a la montaña. Visita museos que el resto del año ignora. Come bien, duerme mal y vuelve a casa con la sensación, no siempre racional, de haber recuperado algo.
Quizás el verano no es tanto una estación como una decisión. La decisión de parar, aunque sea un momento, y mirar alrededor. De recordar que vivir en un lugar con mar, montaña, buena mesa y cuatro mil años de historia encima no es algo que se deba dar por hecho.
Hay países enteros que darían lo que no tienen por tener lo que aquí se gestiona con tanta ambivalencia.
El verano en Catalunya ya no es lo que era. Nunca lo fue exactamente. Pero sigue siendo, con todos sus defectos, uno de los mejores argumentos para quedarse.
