El grupo municipal del PP ha denunciado la eliminación de nombres de santos en el nomenclátor barcelonés. Aseguran que esta tendencia afecta la memoria cultural de la ciudad y piden un cambio en las políticas municipales.
La controversia sobre el nomenclátor de Barcelona ha cobrado fuerza tras las declaraciones del presidente del grupo municipal del PP, Daniel Sirera, quien acusó al alcalde Jaume Collboni de llevar a cabo una «cruzada» contra las calles dedicadas a figuras religiosas. Según Sirera, en los últimos diez años se han eliminado siete nombres vinculados a santos y santas sin que se haya incorporado ninguno nuevo. La plaza de Sant Josep de Calassanç, conocida por ser el fundador de las Escuelas Pías, es uno de los ejemplos más recientes, reemplazada por la plaza de les Tortugues.
Además, el PP señala otros cambios significativos como la eliminación de las calles Santa Àgata, Santa Rosa y Sant Rafael. La decisión más polémica ha sido retirar el nombre «Mossèn Cinto» del jardín dedicado al poeta Jacint Verdaguer, lo que para Sirera representa un ataque directo a la identidad cultural catalana.
«Collboni está más preocupado por borrar santos y sacerdotes que por abordar problemas reales como la limpieza o la seguridad», afirmó Sirera durante una rueda de prensa. Esta crítica resuena con un sentimiento creciente entre algunos sectores que consideran que los nombres tradicionales son parte esencial del patrimonio histórico y cultural barcelonés.
En este contexto, el PP ha decidido presentar una propuesta formal al ayuntamiento para suspender cualquier nueva retirada de nombres relacionados con el patrimonio religioso. La propuesta también incluye criterios objetivos para futuros cambios en el nomenclátor, basados en la relevancia histórica y el consenso vecinal.
A lo largo de su historia, Barcelona ha experimentado diversas transformaciones en su nomenclátor. En 1939, tras la Guerra Civil Española, muchos nombres fueron cambiados para eliminar referencias republicanas o catalanistas. Sin embargo, esta nueva ola parece centrarse más en aspectos ideológicos contemporáneos.
Sirera concluyó su intervención enfatizando que «eliminar estas denominaciones no moderniza a Barcelona; simplemente le quita memoria». Este debate no solo toca fibras sensibles sobre identidad cultural sino también sobre cómo se percibe la historia dentro del espacio urbano actual.
A medida que avanza este debate público sobre los nombres callejeros y su significado cultural, será crucial observar cómo responde el gobierno municipal ante estas demandas y si habrá un cambio significativo en sus políticas respecto al nomenclátor barcelonés.
