La periodista y tertuliana Sarah Santaolalla ha protagonizado una de esas entrevistas que se quedan rondando la cabeza durante días. No por un titular escandaloso ni por una polémica televisiva, sino porque, por una vez, ha decidido bajar la guardia y hablar de lo que normalmente se guarda para casa. Sarah Santaolalla se desnuda emocionalmente ante el micrófono y deja ver una parte muy distinta a la mujer combativa que solemos ver en los platós de televisión.
Y sí, ya sabemos que el titular suena a clickbait de manual, pero quien esperaba otra cosa probablemente se haya llevado una decepción interesante: aquí lo que se enseña son inseguridades, miedos y cicatrices, que al final es lo que de verdad cuesta mostrar.
Una conversación lejos de los focos habituales
La entrevista, alejada del ruido de las tertulias políticas donde habitualmente la vemos discutir con medio plató, transcurre en un tono pausado, casi terapéutico. Santaolalla habla despacio, escoge las palabras y, sobre todo, se permite dudar en voz alta, algo que en televisión no suele estar bien visto porque allí toca tener una opinión rotunda incluso sobre el tiempo que va a hacer mañana.
Reconoce que la exposición pública tiene un coste personal altísimo y que no siempre compensa. Reflexiona sobre las redes sociales, sobre los mensajes que recibe a diario y sobre cómo aprender a convivir con el odio gratuito sin que te erosione por dentro. Spoiler: no lo ha conseguido del todo, y lo cuenta con una honestidad que se agradece.
El precio de tener opinión en un país con tanta opinión
Uno de los momentos más comentados de la charla es cuando explica que ser mujer y opinar en televisión sigue saliendo más caro que ser hombre y opinar de lo mismo. No lo dice con tono de queja, sino casi con resignación de quien ya ha hecho las paces con el dato. «Cuando un hombre se enfada en un debate, está apasionado; cuando me enfado yo, estoy histérica«, viene a explicar, y es difícil no asentir aunque sea a regañadientes.
Santaolalla cuenta cómo ha aprendido a construir una coraza que le permita seguir trabajando sin llevarse el trabajo a la cama todas las noches. Aunque admite, con cierta sonrisa cansada, que esa coraza tiene grietas y que a veces llora en el coche después de un programa especialmente bronco. Una imagen muy distinta a la de la tertuliana imbatible que conocemos.
La parte personal: familia, raíces y un duelo no resuelto
Aquí es donde la entrevista da un giro y entra en territorio íntimo. Habla de su familia, de sus raíces y de cómo el oficio te separa físicamente de la gente que más te importa. Madrid, los horarios imposibles de la televisión, los viajes constantes, la imposibilidad de planear una cena tranquila un martes cualquiera. Cosas pequeñas que pesan mucho cuando se acumulan.
También aborda un duelo personal del que no había hablado públicamente, y lo hace sin dramatismo pero sin esconderse. Explica que durante mucho tiempo trabajó más de la cuenta precisamente para no parar a pensar, y que ahora, con la perspectiva del tiempo, sabe que enterrarse en la agenda no es duelo, es huida. Una frase que muchos deberíamos apuntar en la nevera.
Terapia, vulnerabilidad y dejar de aparentar
Uno de los mensajes más claros de la entrevista es la defensa abierta de la terapia. Santaolalla no se anda con eufemismos: cuenta que va, que le funciona y que el estigma sobre pedir ayuda psicológica sigue siendo absurdo, especialmente entre profesiones tan expuestas como la suya. «Si te rompes una pierna vas al traumatólogo, ¿no? Pues esto es lo mismo, pero con la cabeza«, resume con esa lógica aplastante que se le da tan bien.
Reconoce que durante años intentó proyectar una imagen de fortaleza permanente que no se correspondía con cómo se sentía realmente, y que ese desfase entre lo que mostraba y lo que vivía por dentro le pasó factura. Hoy, dice, prefiere mostrarse frágil cuando lo está, porque ha descubierto que la vulnerabilidad no resta autoridad, sino que la humaniza.
Lo que dice (y lo que calla) sobre el futuro
Preguntada por sus próximos proyectos profesionales, Santaolalla se muestra prudente. Admite que está en un momento de replanteamiento, que ya no le compensa decir que sí a todo y que está aprendiendo, tarde pero aprendiendo, a poner límites. Suelta una broma sobre cómo en este oficio decir «no» suena casi a sacrilegio, y se ríe de sí misma por haber tardado tanto en entender que descansar también es parte del trabajo.
Sin entrar en nombres ni detalles, deja caer que le interesan formatos más reposados, menos griterío y más fondo. Algo así como un mea culpa generacional sobre el tipo de televisión que se ha hecho los últimos años, donde el volumen ha sustituido demasiadas veces al argumento.
Una entrevista que se aleja del titular fácil
Lo curioso de esta conversación es que funciona precisamente porque no busca el titular. No hay confesiones bomba, no hay nombres lanzados a la hoguera, no hay revelaciones de revista del corazón. Hay algo mucho más raro hoy en día: una persona pensando en voz alta sobre cómo le va la vida, qué le duele, qué le ilusiona y qué le da miedo.
Y quizá por eso, paradójicamente, la entrevista en la que Sarah Santaolalla se desnuda emocionalmente termina siendo más reveladora que cualquier polémica de tertulia. Porque debajo de la coraza pública hay una mujer que duda, que se equivoca, que llora en el coche y que está aprendiendo, como casi todos, a gestionar lo que no le enseñaron en ningún sitio.
