Vladimir Antonov-Ovseenko llegó a Barcelona en julio de 1936 con la idea de una Cataluña separada de España. Acabó purgado por Stalin tras años de represión.
Desconfiado del gobierno republicano de Madrid, Vladimir Antonov-Ovseenko llegó a Barcelona en julio de 1936 como cónsul soviético. Según el historiador César Alcalá, el diplomático ya daba por hecho que Cataluña era un estado distinto del resto de España.
La historia la recupera el historiador y periodista César Alcalá, tal y como recoge COPE. Según su relato, el diplomático no se fiaba de Manuel Azaña ni de Francisco Largo Caballero, y desconfiaba también del embajador soviético en Madrid. Por eso pidió abrir una delegación en Cataluña con autonomía propia.
Antonov-Ovseenko llevaba un doble plan. Si la situación se torcía, la región podía quedar convertida en un estado títere de Moscú. Alcalá resume la idea en una frase: «Cataluña podía ser un satélite de Rusia».
Si no llegaba la historia, Cataluña podía ser un satélite de Rusia.
El consulado se instaló en la avenida del Doctor Andreu, en un edificio con un búnker de 50 metros cuadrados. Para el historiador, ese refugio refleja el peso estratégico que el diplomático daba a su misión.
La influencia soviética en la Cataluña republicana fue visible en noviembre de 1937, cuando un desfile reunió a unas 100.000 personas para conmemorar la Revolución de 1917. El cónsul lo presenció desde el Palau de la Generalitat.
Según Alcalá, el diplomático también fue testigo de la represión interna, con los enfrentamientos de mayo de 1937 y los asesinatos políticos, entre ellos el intento contra Lluís Companys y la desaparición de Andreu Nin. En sus cartas, el cónsul escribe sobre los muertos con una crudeza que el historiador recoge en su libro.
Me dice que van a matar a cuatro, y ya llevan 5.000 muertos.
Pese a su papel en la Revolución de 1917, las purgas de Stalin no le perdonaron. En 1938 fue llamado a la Unión Soviética con la excusa de recibir una condecoración. Según el historiador, al llegar fue detenido y ejecutado por no ser considerado políticamente correcto.
Alcalá recuerda que, en Cataluña, el diplomático llegó a ser apodado con ironía «más catalán que los propios catalanes». Su proyecto chocaba con la postura de Largo Caballero, que recordaba que Cataluña formaba parte de España. El relato completo está en el libro del historiador, disponible en las librerías.



